En la tierra de Mordor, donde yacen las sombras

Aunque al acercarnos a la ciudad las sombras se hacen cada vez más densas, distinguimos los restos de edificios de hormigón como estaciones extraterrestres vacías y bloques de viviendas prefabricadas de cuatro o cinco plantas que emergen de la nada para volver a perderse en ella. Sus balcones, algunos con ropa tendida, contienen el ajuar acumulado durante una vida entera. Sin embargo, lo que realmente impresiona es la vista que de pronto se abre al tomar una curva sobre Alaverdi:  el esqueleto de la vieja fundición de cobre desplomándose desde la cresta escarpada de las montañas hasta la orilla del río, mientras sus inmensas estructuras continúan carretera abajo durante kilómetros. Antiguo orgullo de la Armenia socialista, que durante la edad de oro soviética producía anualmente 55.000 toneladas de cobre refinado, hoy yace completamente abandonada.

La fundición de cobre fue iniciada en 1770 por el rey georgiano Erekle II en la provincia de Lori, que entonces todavía pertenecía a Georgia. Para ponerla en marcha trasladó allí a unos 800 especialistas griegos pónticos junto con sus familias. Los griegos formaron una comunidad cerrada en el cercano pueblo de Madan hasta la disolución de la Unión Soviética, cuando casi todos emigraron a Grecia. La producción experimentó un gran impulso gracias a las inversiones rusas y francesas del siglo XIX y alcanzó su apogeo durante la época soviética, entre 1930 y 1980. En las fotografías de aquellos años puede verse incluso el río Debed, que atraviesa la ciudad, fluyendo de color rojo debido a la contaminación.

El puente sobre el río fue construido en 1195 para los peregrinos que se dirigían al monasterio de Sanahin, situado en la montaña de la orilla opuesta.

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El dióxido de azufre y otros gases tóxicos emitidos a la atmósfera por la fundición destruyeron los bosques de los alrededores y provocaron serios problemas de salud entre los habitantes de la ciudad. Al agravarse la situación, la fábrica fue cerrada en 2018, eliminando cientos de puestos de trabajo. De los 26.000 habitantes que llegó a tener en su época de esplendor, hoy solo permanecen unos 11.000, muchos sin empleo y casi todos con mínimas posibilidades de trasladarse a un sitio mejor. Algunos se han instalado en las afueras de la ciudad e intentan sobrevivir mediante modestos cultivos de frutales y cuidando colmenas para luego vender el resultado a pie de carretera. En los alrededores, los monasterios milenarios inscritos en el patrimonio mundial y los atractivos naturales abren esperanzas de un futuro auge de visitantes; sin embargo, actualmente la base del turismo es el urbex. Para quienes se quedaron, especialmente para los ancianos, la mayor fuente de ingresos está en las ayudas que les lleguen de los familiares que han marchado.

El teleférico construido en 1977, que unía el barrio residencial de Sanahin-Sarahart, situado en la parte superior del cañón, con la fundición y el centro de la ciudad, en el fondo del valle, fue cerrado en 2016 debido al envejecimiento de la infraestructura y a la falta de recursos para su mantenimiento. Desde entonces, las dos cabinas cuelgan oxidándose en el aire.

Al recorrer el deteriorado barrio residencial alrededor de la fundición, nos encontramos con un negocio sorprendente: una tienda de antigüedades. Su oferta la componen objetos retro aparentemente abandonados por quienes dejaron la ciudad: utensilios domésticos de época soviética, artículos industriales que en su día debieron ser muy queridos, vajillas en las que lucen los últimos vestigios de una cultura burguesa desaparecida... La mera existencia de la tienda demuestra que debe haber un público incipiente para este tipo de comercio: los turistas de catástrofes interesados por el mundo detenido en el tiempo de Alaverdi y por llevarse algún recuerdo de aquí.

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Magnifico reportaje y unas fotografías de gran calidad tanto documental como artísticas.

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