Rostros reencarnados

Encapsulada dentro del tejido vivo de Budapest hay una ciudad como un viejo quiste. Se alza sobre el Danubio, con gruesas murallas, termas, calles, viviendas, tiendas, santuarios, tumbas, acueductos, dos enormes anfiteatros, cada uno con capacidad para diez mil personas, y los castra y contracastrum que vigilaban los pasos sobre el río, además de muchas otras cosas que fueron cercenadas al construirse la urbanización de Óbuda. En otro tiempo corrían por allí decenas de miles de personas. Algunas nacieron aquí; otras llegaron desde el extremo opuesto del imperio. Soldados, comerciantes, artesanos, mujeres, niños, esclavos, veteranos. Amaron, discutieron, comerciaron, rezaron, enfermaron y murieron.

Y, sin embargo, de algún modo Aquincum nunca llegó a formar parte de la historia de Budapest.

Tenemos historias sobre la Buda medieval. Sabemos por dónde caminaba Matías Corvino, en qué gran salón se celebraban los banquetes de la corte, dónde fue sitiado el castillo, quién vivía en cada una de las casas más importantes de Buda, quién amó, robó o mató a quién. Al asomarnos a los portales abovedados con bancos empotrados, casi automáticamente imaginamos la vida que una vez se desarrolló allí. La ciudad otomana también tiene sus personajes, sus anécdotas y sus recuerdos. Y a la Pest-Buda y Budapest posteriores están vinculadas ya cantidades casi infinitas de historias personales.

Pero no tenemos una relación semejante con Aquincum. Estas piedras guardan silencio.

Y, con todo, esto no es cierto. En las lápidas romanas viven los rostros de quienes vivieron aquí. Algunos parecen mirarnos desde hace dos mil años, como si por un instante aquel mundo se fijara en nosotros. Un hombre, una mujer, un niño: no sabemos cómo vivieron, qué hicieron ni a quién amaron, pero a través de sus rostros se nos aparecen, no obstante, como personas cercanas. A veces la inscripción funeraria nos ha legado también sus nombres.

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Fragmentos de retratos de Aquincum dispuestos a la entrada de la exposición en forma de un columbario romano (nichos para urnas), anticipando los retratos reconstruidos de la exposición

Pero estos semblantes de piedra son mudos. No alcanzamos tras ellos la vibración de una historia que nos ligue a ellos y su ciudad.

El Museo de Aquincum ha dado ahora un rostro exacto y una historia a dieciséis antiguos habitantes. Son los cráneos de dieciséis tumbas excavadas aquí, a los que una seria y munuciosa reconstrucción facial ha devuelto casi a la vida. Sus huesos fueron sometidos a análisis de ADN que revelaron su ascendencia genética, sus características y sus enfermedades. Los ajuares funerarios aportaron información sobre su estatus social y sus condiciones de vida. Datos suficientes para que de ellos pueda surgir una persona.

Los responsables del museo completaron el retrato final asignando a cada individuo una biografía, una historia basada en toda la información que puede establecerse, pero que, naturalmente, se anuda mediante lazos imaginarios.

Una joven de origen caledonio (la actual Escocia) fue enterrada boca abajo, con las piernas atadas, en la «zona de enterramientos problemáticos» del cementerio. Eso es todo lo que sabemos con certeza. El museo la llama Calgaca, y cuenta que fue llevada a Aquincum como esclava y que en su patria se ganaba la vida ejerciendo la magia, que todavía se practicaba intensamente allí en aquella época; esto habría provocado su perdición, tal como se describe mediante pasajes tomados de El asno de oro de Apuleyo. Junto a ella, la vitrina presenta tablillas de maldición y amuletos mágicos hallados en Aquincum, que dan testimonio de las prácticas mágicas que se llevaban a cabo aquí.

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Una joven de origen árabe (de la actual Jordania) fue cuidadosamente embalsamada y enterrada con un vestido suntuoso y una corona de laurel en la cabeza. Junto a ella colocaron un retrato masculino pintado sobre una tabla de madera egipcia, así como una rueca, símbolos del matrimonio. En su resurrección le han dado el nombre de Domitia Decorata, esposa de un comerciante que habría recorrido numerosas provincias llegando a ser también miembro del consejo municipal de Aquincum, y se la hace dueña de una lujosa villa en Testvérhegy, cuyas esclavas dirigía como una buena ama de casa.

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Un joven sármata procedente de la región del actual Don, que había emigrado de allí, tenía el cráneo artificialmente alargado, indicio de su origen aristocrático. Según la historia, al quedar huérfano y recibir el nombre de Aspachos, se convierte en mozo de cuadra, y el Danubio desbordado se lo lleva mientras almohaza los caballos.

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Un hombre de la Galia meridional, que había sufrido numerosas privaciones y enfermedades durante su infancia y que, pese a ello, alcanzó una estatura elevada y una complexión fuerte, se convierte en herrero bajo el nombre de Flavius Speratus «Malleus», es decir, «Martillo». Su taller se convierte en uno de los lugares de encuentro de Aquincum, adonde los soldados de la legio II Adiutrix acuden a reparar sus armas mientras que las mujeres de los alrededores llevan sus utensilios domésticos. Muere en la plenitud de la vida, hacia los treinta y ocho años.

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Y otras doce historias: la de un legionario de la región del Rin, la de un infante sármata, la de una regenta de burdel celta, la de una adolescente de Aquileia, la de un albañil, la de un veterano de la flota que creció a orillas del Danubio, la de una nodriza siria y la de la esposa de un soldado romano. Junto a cada biografía aparecen el cráneo, el rostro reconstruido, los hallazgos de la tumba y otros objetos, más un breve ensayo sobre algún aspecto de la historia de Aquincum: la inmigración y los grupos étnicos locales, la vida militar y la barbarización del ejército romano, la mortalidad infantil y los enterramientos de niños. En conjunto, estos elementos señalan los puntos fijos en torno a los cuales ya puede tejerse una historia verosímil, de modo que detrás del rostro recreado vuelva a aparecer una persona.

Son historias ficticias, pero el material factual que las sustenta hace que no sean menos verosímiles ni menos atractivas que tantos personajes de las novelas históricas, donde también encontramos nuestros propios vínculos con épocas pasadas.

Y con estas personas cobra vida, a la vez, la ciudad que habitaron. A partir de dieciséis personas podemos imaginar a las demás, las que estuvieron relacionadas con ellas o simplemente vivieron en el mismo lugar, poblaron la misma ciudad, frecuentaron las mismas tiendas, sirvieron en el ejército, trabajaron en talleres, murieron y les dieron —o les negaron— una lápida sobre la tumba.

Una de las cosas más interesantes que descubrimos sobre la ciudad que imaginamos como una «pequeña Roma a orillas del Danubio» es hasta qué punto era una ciudad fronteriza de población migrante. Un mapa muestra las principales direcciones desde las que llegaban los inmigrantes a la ciudad, situando en él a las dieciséis personas, y el grosor de las flechas indica también aproximadamente cuántos más pudieron llegar desde cada dirección.

La próxima vez que un visitante mire desde la ventanilla del HÉV hacia las cimentaciones de la ciudad de Aquincum, ya no verá solo piedras, sino una ciudad que en otro tiempo hervía de vida, con sus cuitas, deseos y decepciones. En el mixto paisaje cultural que esta ciudad configuraba, desde las villas y viñedos de las colinas circundantes hasta los molinos de las orillas del Danubio— convivían romanos y bárbaros, personas con caras y ojos como los de esta gente. Para sentir este vínculo merece la pena ir a visitarlos, antes de que termine octubre.

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